Los tatuajes y yo tenemos una extraña relación, no me mal entiendan, no es que no me gusten sino que nunca sentí afinidad por ellos. Incluso mi primer tatuaje me lo hice porque mi mejor amiga quería hacerlo y básicamente no me dejó salir de la tienda, así que me convencí de que tenía que vivir la experiencia.
En ese entonces (hace dos años) ya comenzaba a practicar yoga así que un “om” tenía mucho significado para las dos, una de las experiencias más profundas en mi vida fue en un encuentro de yoga y mediación, durante tres días lloré más de lo que he llorado en toda mi vida, grité, pedí perdón y también me perdoné… pero esa es otra historia. Además de que Patanjali afirma que el Símbolo Om es el camino directo hacia uno mismo, hacia la parte más profunda de cada uno.
Mi primer tatuaje es una burla a los amantes del arte en la piel y también para los tatuadores, no mide más de 2cm por lado ¡es sumamente pequeño! y no es el más bonito pero yo me sentía la mujer más ruda del universo. El primer mes me levantaba todos los días deseando que se borrara cuanto antes, pensando en que estaría ahí toda mi vida y las explicaciones que tendría que dar a las generaciones siguientes por este atentado a mi cuerpo. Insisto, no me mal entiendan, vivir esta experiencia con alguien que considero mi hermana hizo que esta marca permanente tuviera más significado aun.
Los tatuajes en mi familia estaban prohibidos, así como los piercings y todo lo que atente al estereotipo de “gente bien” pero saben, revelarse está bien siempre y cuando no afectes con tus acciones a otros y por supuesto, si te hace feliz.
En fin, llegamos al 9 de noviembre de 2017, el día de mi cumpleaños, ha sido un año complicado emocionalmente para mi y no se, este día tiende a hartarme. Es extraño, odio organizar fiestas, desayunos, comidas y todo tipo de celebración para mi pero es increíble sentirme apapachada de forma espontánea, las llamadas, los mensajes, las invitaciones “casuales” para desayunar, gente que se las ingenia para coincidir conmigo ese día… ¡Wow! Regalos con alma. De verdad, puedo llorar de la emoción con tan solo acordarme.
Empecé mi día desayunando con una hermana completamente sorprendida de que haya querido salir de mi casa ¡en mi cumpleaños! yo solo quería pasar tiempo de calidad con ella y sé que la agarré en curva, ella a su vez invitó a otra de mis personas favoritas y desayunamos de lo más normal, sin hablar mucho de “¿Qué se siente estar cumpliendo años?” y eso fue genial. Ahí en medio de la nada decidí que quería tatuarme, no sabía qué pero si estaba segura que quería hacerlo y que fuera inolvidable y que mejor que hacerlo con mis mejores amigas.
En ese mismo momento, le hablé al tatuador el cual tardó horas en responderme, les hablé a mis amigas y solo les dije “ya se como quiero celebrar este año”, las dos estaban sorprendidas pero creo que a una por poco le da diabetes de la impresión y la decisión (ahora podemos decir que su primer tatuaje fue conmigo).
Y todo fluyó, como era de esperarse, llevamos un carnaval a la tienda, entre grititos de emoción por una nueva aventura, la paciencia del artista y frases como “mi madre me va a matar”, “si vuelves a decir que no te quiero te voy a restregar mi tatuaje en la cara” y “Ana tengo miedo”, elegimos un diseño… que es perfecto para nosotras. ¡Nos regalamos flores! Con un toque de libertad.
Duramos como 20 minutos cada quien liberando adrenalina mientras nos tatuaban al mismo tiempo, nuestras caras, las bromas, y el recordatorio de que será para siempre (al menos el tatuaje) fue mi mejor regalo de cumpleaños. Definitivamente tener un nuevo tatuaje no es en sí lo que nos dibujemos en la piel, el tamaño o los colores, es el recordatorio de una gran aventura en un gran momento.